Comienza el invierno, la neblina devora las calles avanzando de manera lenta para cubrir toda superficie. Alzando la vista, a lo lejos de las chozas y cerca del sol se distinguen con bastante claridad las puntas de las montañas cubiertas de nieve, los habitantes ya están preparados para el cruel invierno, y cubren a sus familias antes de salir de casa. El frio ahí llega a ser insoportable en algunas temporadas y sin la protección debida puede llegar a ser mortal. Cabe mencionar un hecho curioso, en Cidrez, a pesar del frio la nieve nunca había caído pareciera como si la naturaleza no quisiera atacarlos, no hasta la llegada de ella.
La imagen que despide aquel sitio por si solo es decadente, tétrico, amargo, con calles adornadas por la soledad, despobladas, tan solo se ven las enormes puertas de madera cerradas, puertas más viejas que todos los pobladores. Pero claro, cada malo tiene un peor y Cidrez no es la excepción. El peor sitio del pueblo no se encontraba muy lejos del centro pero si vacío, nadie se atrevía a vivir en la zona donde nació la devastación. Aquella gran calle en sus inicios fue muy transitada, nadie podría creer que ahora era el punto de partida del miedo.
En un recorrido se puede observar a detalle, despide una vibra pesada y angustiosa, no por lo que sucedió sino por las mismas energías de los habitantes, frente a ella un espeso bosque cierra paso hacia las montañas, es como si estuviera ahí solo para agregar horror al pueblillo, haciendo del paisaje un lugar de muerte y desolación, al llegar al final de aquella avenida transita un delgado rio de aguas heladas, al cruzarlo se distingue un parque, se construyo tiempo atrás cuando el lugar no tenia tan mala reputación, cuando todos querían ver a los niños jugar al aire libre.
Todo parece estar intacto, los juegos infantiles tallados en madera solo portan unos cuantos golpes, maltratos del viento y de las tormentas tan agresivas que suelen atacar a aquel pueblo. Los habitantes no estaban del todo contentos de verlo ahí como muestra de los buenos momentos que jamas regresarían, habían tratado de derribarlo varias veces todas ellas sin éxito obvio. Cuando por fin parecían decididos el parque parecía cobrar vida propia, eliminando a cada uno de sus atacantes, algunos volvían asustados, muchos otros jamás regresaban a casa.
Nadie podía dar una explicación lógica de tan extraño suceso, ni de nada de lo que ocurria por aquellos sitios, en realidad a nadie le interesaba aquel lugar, ese viejo pueblo ni siquiera estaba integrado en los mapas, no era visitado por ningún investigador, mucho menos halagado por los nuevos turistas, aristócratas adinerados en busca de aventuras. ¿Quién querria visitar tan horrible lugar?
En la mente de algún habitante transita un recuerdo, vagas imágenes de callecillas cubiertas de flores, muchas de ellas caídas de los arboles que adornaban sus hogares con tantos colores. En esos recuerdos no había fríos congelantes, el clima era perfecto la mayor parte del año, también había gentecitas corriendo por las calles, niños que se divertían con una sonrisa en el rostro, jóvenes paseando de la mano, ancianos fumando leyendo algún libro, saludando a quien pasara por ahí, los campesinos trabajaban duro para terminar un buen parque cerca del rio. Un lugar especial donde todos sus hijos pudieran disfrutar de su niñez. Maldito el dia que todo eso había cambiado.
Aquel año de forma anticipada nació una pequeña niña, la madre murió en aquel instante, la suerte de aquella criatura estaba en manos de la partera, por suerte el corazón de la mujer flotaba en la pureza y la llevo a casa sin ningún reclamo, la criaría como si fuera su propia hija. Esa noche no solo murió una mujer y nació una, lo que nació ahí no fue una vida, fue la destrucción, la desolación con nombre de mujer: Cristina.
No es hubiera malas intenciones en Mariana, la partera. Era el hecho de adoptar no solo a una niña sino a una leyenda que caía de forma cruel sobre sus hombros. Todo comenzó cuando la madre de Cristina solía escapar de casa para vagar por el bosque, los formalismos de llamarla “madre” hacen que a la imaginación llegue la imagen de una mujer, nada más lejos de la verdad. Tania, su madre apenas era una niña, no llegaba ni a los 15 años de edad. La historia detrás de ella viene acompañada con una nausea imposible de evitar.
Tania siempre vivió alejada de las labores cotidianas, en lugar de eso se ocultaba en el granero para después escapar por la entrada de las gallinas. A los hombres mayores en particular les parecía muy llamativa, dueña de una exótica belleza, su cabello cortó color del sol, y esos ojos, aquellos enormes ojos conquistaban hasta el alma más perturbada. Fue por ello que el destino la maldijo, eligiéndola a ella como la cuna para la maldad.
Un día de Mayo salió más tarde de la casa, se ocultó por más tiempo, y la noche la descubrió escapando, los testigos fueron insuficientes y mudos, estrellas, animales y sobretodo soledad, todos ellos ensombrecidos por su belleza. Tania se alejó por las laderas cantando con aquella dulce voz.
Ala mañana siguiente, los campesinos encontraron una joven inconsciente ¿era Tania! Claro que era ella, golpeada, con las ropas hechas trizas, sin detenerse los hombres que la encontraron la regresaron a casa, 3 días después despertó pero esa niña no era la misma que había salido, la alegría de sus ojos se había extinguido, la sonrisa de sus labios se había esfumado como el sol en el horizonte, jamás se le volvió a ver feliz, cada día que pasaba ella seguía embrutesida, no respondia a ninguna pregunta, ni a los lamentos de sus padres, si no se le veía tumbada en la cama se pensaría que la habitación estaba sola. 7 meses pasaron hasta que se volvió a oir la voz de Tania, la noticia corrió en el pueblo como sangre de un corazón agitado. Nadie se alegro por ello, algunos curiosos se acercaban a la casa huyendo tan pronto oian los gritos de la joven, aquel 20 de Diciembre nacio la primogénita de Tania. La hermosa y malvada Cristina.
Cuando Mariana asistió a la casa de los Proneh, Tania ya se encontraba grave, y a decir verdad desde la noche que fue atacada no pudo recobrar la salud, a su llegada la noche de su desdicha la reviso sin perder el tiempo un medico, la conclucion más obvia era la violación, llego con las piernas bañadas en sangre, el vientre mordido y arañada por los costados, al parecer los golpes que portaba no fueron provocados, no al menos de con intención, solo fueron golpes que se dio al ser arrastrada por las montañas. Seguramente después de el ataque, al ser abandonada los lobos de la zona alta olieron la sangre e intentaron devorarla, sabían que eran lobos por que en su cuello traía “la marca”.
“La marca” era el distintivo de la gente de la región, quien la portara era rechazado por el resto de su vida, aunque en realidad eso no duraba tanto, ese era uno de los tantos temas prohibidos, y si obedecían más que para obedecer la ley, seguían sus propios miedos. La noche del parto, las heridas de Tania en el cuello parecían más rojas que de costumbre, parecían que en ese momento se las hubieran provocado, en sus ojos deambulaba un reflejo de terror y odio, no pronunciaba ninguna palabra, solo esos chillidos agudos provocados por el dolor naciente.
El cuerpo de Tania aun estaba muy estrecho, estaba por cumplir los 7 meses de embarazo, Mariana trato de adelantar el parto, la vida de la niña estaba en peligro, pero todo parecía inútil ninguna yerba surgia efecto en el cuerpo de la niña/mujer, y asi fue que ese 20 de Diciembre de 1712 Tanian Proneh murió sin dar a luz.
Sus padres suspiraron aliviados, no por falta de amor a su hija, alguien debía entenderlos, 7 meses de agonía viendo morir a su hija, que sacrilegio, morir mientras formaba una vida, también sonrieron por eso, seria mejor que aquel ser no naciera, no podrían soportar ser señalados por cargar con un bastardo. Pero Mariana no podía dejar morir asi a una criatura inocente, ya con Tania muerta el peligro subia y bajaba, ya no había preocupación por la joven, y eso mismo provocaba que el oxigeno del bebe se acabara, era una batalla contra reloj. La partera procedio a simular una operación, no a simular, en realidad lo que estaba haciendo lo era, con el mismo cuchillo pescador con el que solia cortar el cordon umbilical de los recién nacidos abrió un agujero sobre el vientre de la joven, los padres asustados trataron de detenerla pararon cuando estuvieron amenzados por aquella mujer de generoso corazón cubierta de sangre con un chuchillo en la mano partiendo en 2 el cuerpo de su hija.
No podían comprender lo que sucedia hasta que concluyo, en los brazos de Mariana lloraba un ser pequeñito, más pequeño que cualquiera que hubieran visto, con los ojos plata, casi blancos y un espeso cabello negro que le cubria la cabezita, para incrementar el asombro de todos aparecieron las uñas, jamás habían visto a un bebe con las uñas formadas y de semejante tamaño. Los padres de Tania se horrorizaron, jamás reconocerían a semejante cosa como su nieto, dieron la orden de arrojarlo por el peñasco, Mariana se negro, prometio que nacie sabría de donde había salido, ella repartiría el rumor de que tanto la madre como la hija habían muerto, juro por su vida que la pequeña jamás se presentaría frente a su hogar, asi fue que ellos aceptaron.
Mariana que hasta aquel dia había atendido cientos de nacimientos, les trataba de hacer creer a todos (y a ella misma) que la razón por la que aquella beba tenia los ojos color plata se debía a los pocos meses que duro en el vientre, siempre era asi, ella sabia que semanas después se revelaria el color real de su mirada. Los ojos de Cristina nunca obtuvieron color, ni tampoco lo obtuvo su alma.
Aquel invierno fue el primero de tantos con temperaturas congelantes, pareciera que la llegada de la niña traía consigo una maldición climatológica. Muy lejanos de todos esos mitos, Cristina vivi feliz con aquel clima, le gustaba en demacia, hasta se puede jurar que la pequeña recién nacida sonreía cuando Mariana se recostaba con ella cerca de la ventana, donde el frio era mayor.
El tiempo se enredó en el paso de 3 años, no se puede contar muchas novedades sobre ese tiempo, en esos meses para el pueblo, la niña de ojos blancos era hija de Mariana, y a los ojos de Cristina aquella partera era su madre. Nadie en el pueblo desconfiaba de Mariana, ni un alma podría creer que se trataba de una mala persona, con esos antecedentes tan puros fue fácil engañarles afirmando que aquellos ojos blancos eran causa de una enfermedad sin complicaciones, y no de brujería como suponían algunos. La verdad es que para ese tiempo Mariana ya sabía que esos ojos, eran ojos de lobo.
Para cuando la niña cumplío 5 años las cosas comenzaron a complicarse, Cristina provocaba demasiados problemas y para su corta edad , lamentablemente era una niña muy cruel, por suerte nadie notaba siquiera lo que hacía con los animales, ningún poblador descubrió ninguno de sus pequeños ataques. A la llegada del amanecer algunos peones encontraron un par de gallinas con mordidas en el cuerpo. Jamás se armó alboroto por ese incidente, las respuestas eran obvias, alguna cría de lobo o comadreja bajo al pueblo y se las trato de comer. Estas acciones comenzaron a molestar al pueblo cuando las pérdidas de ganado desproporcionaban sus ganancias, una cosa era perder un par de gallinas a la semana y otra muy diferente y mucho más grave era encontrar en toda la zona 8 o 10 vacas devoradas por partes.
El pueblo entero estaba decidido, todos ellos preparados con lanzas ,antorchas y fusiles buscaban a la bestia y no se detendrían hasta colgar su pellejo en el centro del pueblo, frente al parque. Mariana solía cubrir el sol con un dedo, o al menos darle sombra a sus ojos, pero el destino no se quedaría con los brazos cruzados, cada noche se le revelaban nuevas pizcas de verdad.
La pequeña niña había dejado de comer, la preocupación de Mariana como madre la oriento a traer a casa a los mejores médicos y curanderos, cada uno de ellos le afirmo que se encontraba en perfecto estado, debían ser cosas de niños, cuando de la nada pierden el apetito, esta fue la primera pista. Noches después en un recorrido nocturno Mariana descubrió que la alcoba de su hija estaba vacía. Las sospechas incrementaban, sin embargo el verdadero relámpago que de la verdad se disparó a la cabeza de Mariana cuando encontró los vestidos de su hija repletos de sangre. Ya no existían dudas, aquella pequeña niña tierna, ¡la niña de ojos blancos era la bestia!.
Mariana literalmente se deshizo de la servidumbre, quedando aquella enorme casa tan solo para madre e hija. Nadie sospechaba aun, mucho menos ahora que los ataques habían cesado, Mariana mantenía feliz a su hija (y lo más importante, encerrada en casa) alimentándola con los cadáveres de los criados. Pero la carne no duro mucho, a pesar de que ninguno de los 27 cadáveres se desperdició, el apetito de Cristina no dejaba de subir, incrementándose mientras más comía, devoraba todo, algunos de los cuerpos ya estaban enterrados en el jardín trasero, de alguna forma la niña los encontró, rascando la tierra hasta poder sacarlos, con todo y el grado avanzado de descomposición los disfruto como un manjar.
Algunas veces Mariana presa ya de su locura conseguía algo de carne, esta no duraba tanto como estaba planeado, mucho menos en el verano, aunque los inviernos eran crudos el resto del año seguía siendo sofocante. Apartar de ahí las cosas comenzaron a limitarse, incluida la cordura de Mariana. El amor por esa niña la había enloquecido por completo, tanto era el terror que le ocasionaba pensarse lejos de ella, que la consentía al máximo, o la repugnancia que le daba la vida si la perdía que decidió entregarse ella misma para saciar el hambre de la niña/bestia.
A pesar de todo se podía razonar con Cristina, siendo lo que sea que fuese, aquella era una niña que ya estaba por cumplir 8 años y carecía de noción, no sabía distinguir el bien del mal, sabía que debía ocultar sus matanzas, y esconderse de la gente porque a mama le desagradaba que los demás lo supieran, por eso siempre tenía cuidado al comer su carnita, para que nadie lo notara. Después debía limpiarse bien los dientes, a mama no le gustaban las caries, y antes del amanecer ya debía estar en su cama soñando con los angelitos.
Cuando por fin Mariana tomo la decisión, mando llamar a su hija, aquella fue su última conversación “coherente”.
-de ahora en adelante mi niña, los días que permaneceré contigo serán contados
-¿quieres dejarme mamá? ¡Por qué mamita? ¡Es por lo que dicen en la calle? No me dejes solita ¡por favor! Te prometo que ya no comeré carnita, te lo juro mamita- gritaba desesperada la niña, entre sollozos, abrazando a su madre con toda la fuerza que corría por su cuerpo.
-nada de eso mi princesa, te amo más que a nada, por eso mismo debo irme, bueno, en realidad no me voy, estaré aquí mismo, dentro de la casa, en mi habitación, hija mía debes prometerme algo
-¿qué mamita? Dime, yo haré lo que tú digas
-un día a la semana te daré carne, solo un poco, pero no cualquier carne, ¡será tu favorita! Carne humana, a cambio de eso el resto de la semana deberás alimentarte de animales de la granja, claro, tu misma los has de criar, tampoco debes salir a la calle. Esas son mis condiciones.
Mariana no permitió más palabras, aquellas criaturas se fundieron en un abrazo, aquella mujer sabía que esa sería la última vez que podría hacerlo, al menos completa. Qué raro puede ser el amor, de que formas tan extrañas puede manifestarse.
6 meses pasaron siguiendo el plan, todo corría a la perfección, a pesar de la promesa de Mariana de quedarse dentro de la casa, en todo ese tiempo Cristina no la había visto ni una sola vez, aunque claro, cada viernes a las 6 de la tarde su pedazo de carne ya se encontraba ahí. La pequeña sentía una gran soledad, Mariana era todo lo que conocía del mundo, todo fuera de ella era algo malo, algo que quería dañarla, por ello se atrevió a violar el pacto recorriendo las habitaciones en busca de mamá.
Cristina era una niña muy inteligente, sabía que su madre no se escondería en su habitación, donde podría verla cada que quisiera, le fue fácil seguir el rastro, bajando al sótano, en la puerta secreta, encontró pálida como la muerte a su madre.
-¡Cristina! Te dije que no vinieras, había muchos más lugares para ti ¿Por qué me desobedeciste?
-te extraño mama, quiero que vuelvas a estar por la casa, quiero que estés conmigo.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas, ¿de quién? De ambas, apartar de eso Mariana regreso a su habitación de forma normal, pero el plan alimenticio siguió su ciclo. Mariana ya siempre estaba acostada, sin ánimos, enferma. Cristina aprendía rápido todo lo que le decía, era muy lista, y con tal inteligencia, Cristina no se había percatado de donde sacaba la carne su madre, jamás salía del cuarto ¿de dónde la obtenía entonces? ¿es que alguien más sabia de su existencia y les estaba ayudando? Ahora ya era tiempo de espiar a su “madre”
En el transcurso de la marcha siguiendo fiel el objetivo de llegar a Alaska, Cristina sedienta de saber las cosas extrañas que el mundo le ofrecía, comenzó a notar cambios en su cuerpo, los cambios que suprimían el desarrollo normal de cualquier joven. En alguna fase del mes del cual no llevaba un control su negro cabello comenzaba a caerse primero finas tiras, para convertirse en gruesas mechas, para acabar perdiéndolo todo. Aquello seria aún más grotesco si no contara con un rápido proceso, en un par de días ya portaba ahora una deslumbrante cabellera roja como el fuego. El verdadero cambio comenzaba ahí.
Notaba con desagrado el olor que desprendía su cuerpo que pasaba de un dulce y tierno aroma a una amargura tan asquerosa como un cuerpo en putrefacción, cuando el olor llegaba con el venían las criaturas cercanas, aquellas eran las mejores fechas de caza para Cristina, pero también las más desgastantes. Osos, lobos, pumas, ciervos y hasta humanos, cualquier macho que olfateara aquel amargo aroma se dejaría manejar por sus instintos hasta encontrar a la hembra que lo producía, aquellos eran Cristina, sus días de menstruación.
Lo que era divertido el primer día, para el segundo era ya una sobrecarga “¿Qué aquellos idiotas no pueden contener sus ganas de fornicar ni para dejarme dormir?” se preguntaba constantemente la chica fenómeno, sus 4 días de alerta reproductiva pasaban deprisa, era entonces que Cristina debía seguir con su búsqueda, olfateaba y se detenía, pasaban semanas incluso para que volviera a pisar una ciudad. No lo necesitaba, no era igual a sus “hermanos” lobos, ella tenía una ventaja, una que no iba a desperdiciar, ella podía comunicarse.
Sabía exactamente como fingir, como controlarse para no saltar para no saltar sobre cualquier humano y destrozarlo con sus filosos dientes. Tenía el don de la belleza y su rostro podía expresar la mayor ternura que cualquiera hubiera visto, de no ser por sus ojos, ningún otro rasgo la delataba de ser el monstro que era, tenía una soberbia habilidad para controlar a sus enemigos. Sin contar que en el mundo de las bestias tenía el don de la humanidad y en el de los hombres tenía unos magníficos sentidos, el olfato, la vista y sobre todo, su hermosura.
Aprendía con prisa de sus errores, aprendió desde Libz, cuando tenía el pueblo a sus pies, cuando sus ojos siempre miraban el suelo y ella era la triste mártir que todos deseaban consolar, no tenía la necesidad de matar, ahí su vida solo se trataba de buscar leyendas que pudieran ayudarla a encontrar a su familia, a no estar sola, pero no era la soledad a lo que ella le temía, claro que no, su ambición se debía a el imperio que le pertenecía, eran esos lobos, esos cientos o quizá miles que la esperaban, el poder era la causa de su vida, ningún otro pesar emocional, Cristina carecía de sentimientos.
Volviendo a Libz todo ese imperio se vio destruido al instante, no por los 1000 hombres que lo habitaban sino de uno solo, su talón de Aquiles tenía un nombre: Sam Kriev quien tuvo la fuerza para no ceder ante sus cantos de sirena, a ese desdichado que se atrevió a repeler sus órdenes ocultas bajo un tierno rostro de la falsa diosa que nunca miraba a nadie, “Cristina la hechicera” la llamaba el pueblo, “la ciega” le llamaba él. Sam nunca creyó en sus poderes y jamás cayó bajo ese influjo que su cuerpo perfecto expulsaba, para él “la ciega” no era más que una farsante que buscaba el dinero de los ignorantes, no creía para nada en ella, ni siquiera después de que con sus propios ojos presencio el milagro que la volvió santa.
Una tarde cualquiera en Libz, ese pueblo cualquiera al pie de una gran cordillera la gente se reunía para bautizar a sus hijos, todos los nacidos ese año serían purificados antes de la llegada de la nueva primavera y los depredadores del bosque bajaran a buscar alimentos para sus crías, según sus creencias, todas aquellas criaturas que contaran con la bendición de Jesucristo se salvarían de aquellos asesinatos. El frio aquel dia era insoportable, pero nadie podía faltar asi que con todo el abrigo que pudieron cargar esperaban temblorosos la llegada del sacerdote quien venía de dos aldeas más al norte, era ya tarde, el hambre de los salvajes de adelanto.
La multitud estaba reunida, los padres de las criaturas por bautizar, familiares, gente curiosa y Cristina, que con una capa se cubría el rostro casi por completo, todos sabían su situación, aquella era una pobre mendiga ciega, Cristina acepto ese rol que le proponían, hasta le parecía divertido hacerse pasar por ciega, al fin y al cabo no necesitaba la vista para poder moverse por cualquier rincón, así que agachada olfateaba buscando la carne infantil más apetitosa, el niño más regordete sería perfecto, a ella le encantaba la carne joven, tenía mucho no se alimentaba de humanos, y por supuesto estas eran las mejores fechas para ello, cuando todos los niños andaban por las calles de sus incáutelos padres, y también por que aquellos padres que perdían a sus hijos no sufrían tanto, estaban acostumbrados a bajas infantiles debido al invierno, Sam Kriev también estaba ahí esperando que algún animal salvaje se atreviera a llegar, creyéndose el héroe, el único salvador, el pueblo entero lo llamaban “loco”.
¡Llegaron! Se manifestaron los feroces animales con el hocico abierto, olfateando como locos buscando alimento, era una gran manada, más de una docena no había tiempo de nada, si se aventuraban a correr al menos se perderían 6 vidas adultas y ni hablar de los pequeños, aquellos monstros eran una horrible devastación andante de la naturaleza, los lobos más grandes de la región, Kriev se puso al frente de todos con su vieja espada, al menos aun no los tenía rodeados, los lobos caminaban a paso lento mientras la gente estaba paralizada ni siquiera los más experimentados cazadores podrían defenderse de tantos animales, pronto, brincarían sobre ellos.
Kriev sujetaba con fuerza a su pedazo de metal, hasta los propios lobos parecían ignorarlo, era tan tonto para el resto del mundo, su físico era grande, robusto, fuerte, pero tenía algo que le hacía parecer un idiota, algo que no estaba en su rostro sino en su personalidad. La amenaza crecía, solo se escuchaban las respiraciones agitadas y el crujir de la nieve con los pasos hacia delante de los cazadores y los pequeños pasos hacia atrás de las presas iban a morir, entonces… Cristina se puso al frente de todos ellos.
-vete de aquí
¡le hablo! Cristina le dirigió la palabra, aunque fuera solo para ofenderlo, su voz no era tan desagradable, al contrario, tenía un toque de sensualidad y dulzura que jamás se había imaginado.
-¿estás loca ciega? Te mataran eres tan pequeña ponte detrás de mí.
-¡largo!
Su voz ahora sonó como un gruñido amenazante, Sam se sintió intimidado pero no por ello se quedó callado, apenas comenzaba a abrir la boca cuando Cristina le lanzo tremendo puñetazo que termino mandándolo lejos de ahí, la gente grito, los lobos gruñían con fuerza listos para atacar, Cristina no tenía la mínima intención para salvar a la gente , esto tan solo era la primera prueba para su poder, necesitaba saber que tanto control tenía sobre sus propios dones, caminaba hacia ellos aun sin saber que hacer confiando de forma exclusiva en esa fuerza innata que palpitaba en su interior.
Se descubrió la cabeza y dejo ver su rostro, sus cabellos se mecieron con el aire helado, los lobos dejaron su posición de ataque, como si ahora miraran a un nuevo lobo, confundidos no abandonaron su puesto, el macho alfa debía tomar una decisión, las personas podían haber salido corriendo pero aquel tonto instinto de supervivencia los obligo a seguir observando el extraño suceso, Cristina no sabía qué hacer, movió la mano y todos los ojos la siguieron tanto de lobos como de humanos, señalo la montaña y emitió un sonido gutural que jamás había salido de su garganta, los lobos aullaron y echaron a correr bosque a dentro.
