viernes, 30 de diciembre de 2011

Te asesine en la sala de mi casa.


Todavía recuerdo tus lastimeros días, aquellos en que me suplicabas por un poco de atención. No puedo olvidar los penosos momentos en que gritabas sin parar por un poco más de pan, o tal sólo una pizca de piedad, estabas ahí mismo donde hoy esta el jarrón australiano que me regalo mi curiosa abuela, arrastrándote y manchando mi alfombra persa con tu sangre negruzca y envenenada; no puedo olvidar el día que me sonreíste con esos labios aperlados saludándome con la mano, ¿cómo podría saber que sólo estabas jugando conmigo, provocándome? Creí que eras un ángel de delicadas mejillas y cabellos decolorados en un tono dorado, al fin y al cabo tu hermosura conquistaba, parece que fue ayer cuando me pediste revisara tu chimenea y en un descuido me dejaste ver tus bragas en tonos azules y lavanda, fui tan imbécil para no darme cuenta de que eras una golfa con un delicado cuerpo que me seducía con su andar aglomerado, te paseabas por el jardín con ese vestido rojo que tanto me apasionaba, pero para ti no era mas que el ingenuo y estúpido vecino que te ayudaba en las labores ahorrándote unos pesos, por eso, maldita, te retorciste con mi dinero en la boca junto al jarrón australiano, bajo la cabeza de alce que compre en mi primer viaje a Suiza y con todo cariño nombre Henry, pero ¿y qué? yo sólo buscaba tu amor, tu deseo, tu cuerpo y me convertiste en una culebra que muerde la mano que la alimenta, en una serpiente que no se detiene hasta que ha devorado lo que ama.  
Jamás te suplique por nada, más te deje flores cada mañana sobre tu balcón, arañándome con la enredadera y sus dulces florecillas rosadas, tú nunca viste ninguno de mis detalles, por eso querida te saque un ojo y lo coloque mirándome en la pecera sobre el buró de roble que me heredo mi madre, procedente de Francia, donde Henry, la cabeza de alce pudiera mirarlo, junto al jarrón australiano. Pero yo no podía imaginarte como una cualquiera que se larga con los hombres a cenar para luego revolcarse con cada uno de ellos en un hotel caro, porque para mí tú eras la dulce princesa de gracia divina que adornaba mi sendero, por eso antes de cortarte los senos te tome una magnifica fotografía reluciente con tus lagrimas cayendo y las coloque sobre la chimenea de sauce, cerca de tu ojo sobre el buró de roble, no muy lejos de Henry, mi alce, sobre la alfombra persa a no más de un metro del jarrón australiano para siempre poder admirarte tan preciosa. Tus senos los arroje al excusado para que jamás ningún hombre pudiera meter su rostro entre ellos, ni te lamiera los pezones o los agitara bajo tu sujetador negro con pequeñas maripositas y una seda tan suave como tu piel.
Sólo por eso mi amada, soporté cada humillación de tu parte. Luego tus piernas ¡oh, tus divinas piernas! que no me atreví a tocar mas que para cortarlas con una sierra ¿te cuento un secreto? Cada noche espié por tu ventana sólo para ver como desvanecías tus finas medias de red sobre ellas, soltando el liguero con mucha delicadeza como si supieras que el mundo entero te miraba, una vez que terminabas me marchaba,  yo era un caballero incapaz de verte desnuda, porque soñaba cada noche con tu cuerpo despojado de prendas en nuestra luna de miel, muy lejos, en Barbados de donde precisamente viene la vitrina donde coloque tus piernas con las medias de red puestas, junto a la chimenea de sauce y tu fotografía, junto al buró de roble donde esta la pecera con tu ojo, sobre la alfombra persa bajo el yugo de Henry  y más vistosas que el jarrón australiano y sus líneas delgadas rojas y azules. Mi bella dama ya no sonríes como lo hacías en tus paseos por el parque paseando a tu cachorro con una sobredosis de ternura, si tan sólo me hubieras dado a mi el amor que le dabas a ese desgraciado perro no lo hubiera asesinado sin que te hubieras dado cuenta, ahorcándolo como deseaba ahorcarte a ti el día que te vi junto al hombre que estúpidamente me presentaste como “tu novio”, aquel desdichado que no merecía tocarte ni envolverte en sus brazos, él toco tu sexo que yo como un cobarde no me atreví a tocar durante los veintiún días que te tuve en cautiverio, eras demasiado virginal para mi como para ensuciarte con penetraciones, mi dulce bebé, te aniquile como se aniquila una rata que entra a un cobertizo.
Por tu insolencia, tú misma fuiste tu verdugo, sí tan sólo aquella noche buena hubieras aceptado mi pequeña, nada hubiera pasado, pero deseo que sepas que no estoy arrepentido, no mi hermosa, deje tus restos sobre la mesa del comedor durante tres días para no olvidarte y poder disfrutar mirándote con ese ojo lloroso que me observaba con horror, nada hubiera pasado si no me hubieras rechazado, no hubieras pasado hambre ni frío, y toda la casa te hubiera aceptado como mi bella esposa, ahora seria tu hogar y no tu tumba. No me hubieras dicho que no podías cenar conmigo, muñeca, desearía que de tu boca no hubieran salido esas palabras, que dejará de acosarte por que te habías comprometido y muy lustrosa me presumías como una zorra el anillo de diamantes en tu maldito dedo que termine tirando junto a un cartón de leche y dos bolsas de pan. Yo no te habría secuestrado ni sodomizado en la sala de mi hogar dejándote desangrar  sobre la alfombra persa, junto al jarrón australiano, tu ojo no se hubiera podrido en la pecera sobre el buró de roble, tus senos no habrían tapado mi baño, y no hubiera asesinado al plomero que los encontró gritando horrorizado, tu cuerpo no hubiera estado corrompiéndose sobre la mesa de pino blanco y Henry no hubiera presenciado semejante asesinato.
Pero hoy mujer, agradezco que te hayas ido, gracias a eso conocí a una magnifica dama que me dio todo su amor y que se convirtió en mi única esposa, la pecera ya no tiene tu ojo sino dos bellos peces dorados propiedad de mi hija menor quien lleva tu nombre en honor a nuestros momentos, la mesa del comedor ya no tiene tu sangre en lugar de eso se llena cada noche buena con comida de todo tipo, celebrando la navidad con mis hijos y mi familia que disfrutan alegremente de cada fiesta, la alfombra persa jamás pudo limpiarse y la done a una institución de mujeres maltratadas como disculpa por los horrores que te hice pasar, el jarrón lo rompió la sirvienta mientras sacudía el polvo, me miro con temor pensando que habría represarías, pero en lugar de eso me alegre y ella se fue sin ninguna culpa, dentro estaba tu fotografía que había enrollado y atado con un mechón de tu pelo, gracias a eso recordé tu historia junto a la chimenea de sauce que tanto calor me brinda y en lugar de tus piernas quemadas tiene leña que emana un dulce aroma al arder, tome una copa y brinde con Henry por haber librado al mundo de una golfa como tu, salud por eso querida, ahora me voy, es hora de desvestir a mi esposa para que tan solo quede con tus finas medias de red, le haré el amor como cada noche sin ningún remordimiento  por haberte asesinado en la sala de mi casa.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Rito.

Soy yo, solo yo, tengo un don especial,
El don de manipular la situación que me interese a mi antojo,
 Todo con sólo mencionar lo que deseo,
Porque mi poder está en mi voz.




Recuperacion

Recuperacion
No sabras si amarla u odiarla..