Todavía recuerdo tus lastimeros días,
aquellos en que me suplicabas por un poco de atención. No puedo olvidar los
penosos momentos en que gritabas sin parar por un poco más de pan, o tal sólo
una pizca de piedad, estabas ahí mismo donde hoy esta el jarrón australiano que
me regalo mi curiosa abuela, arrastrándote y manchando mi alfombra persa con tu
sangre negruzca y envenenada; no puedo olvidar el día que me sonreíste con esos
labios aperlados saludándome con la mano, ¿cómo podría saber que sólo estabas
jugando conmigo, provocándome? Creí que eras un ángel de delicadas mejillas y
cabellos decolorados en un tono dorado, al fin y al cabo tu hermosura
conquistaba, parece que fue ayer cuando me pediste revisara tu chimenea y en un
descuido me dejaste ver tus bragas en tonos azules y lavanda, fui tan imbécil
para no darme cuenta de que eras una golfa con un delicado cuerpo que me seducía
con su andar aglomerado, te paseabas por el jardín con ese vestido rojo que
tanto me apasionaba, pero para ti no era mas que el ingenuo y estúpido vecino
que te ayudaba en las labores ahorrándote unos pesos, por eso, maldita, te
retorciste con mi dinero en la boca junto al jarrón australiano, bajo la cabeza
de alce que compre en mi primer viaje a Suiza y con todo cariño nombre Henry,
pero ¿y qué? yo sólo buscaba tu amor, tu deseo, tu cuerpo y me convertiste en
una culebra que muerde la mano que la alimenta, en una serpiente que no se
detiene hasta que ha devorado lo que ama.
Jamás te suplique por nada, más te
deje flores cada mañana sobre tu balcón, arañándome con la enredadera y sus
dulces florecillas rosadas, tú nunca viste ninguno de mis detalles, por eso
querida te saque un ojo y lo coloque mirándome en la pecera sobre el buró de
roble que me heredo mi madre, procedente de Francia, donde Henry, la cabeza de
alce pudiera mirarlo, junto al jarrón australiano. Pero yo no podía imaginarte
como una cualquiera que se larga con los hombres a cenar para luego revolcarse
con cada uno de ellos en un hotel caro, porque para mí tú eras la dulce
princesa de gracia divina que adornaba mi sendero, por eso antes de cortarte
los senos te tome una magnifica fotografía reluciente con tus lagrimas cayendo
y las coloque sobre la chimenea de sauce, cerca de tu ojo sobre el buró de
roble, no muy lejos de Henry, mi alce, sobre la alfombra persa a no más de un
metro del jarrón australiano para siempre poder admirarte tan preciosa. Tus
senos los arroje al excusado para que jamás ningún hombre pudiera meter su
rostro entre ellos, ni te lamiera los pezones o los agitara bajo tu sujetador
negro con pequeñas maripositas y una seda tan suave como tu piel.
Sólo por eso mi amada, soporté cada
humillación de tu parte. Luego tus piernas ¡oh, tus divinas piernas! que no me atreví
a tocar mas que para cortarlas con una sierra ¿te cuento un secreto? Cada noche
espié por tu ventana sólo para ver como desvanecías tus finas medias de red
sobre ellas, soltando el liguero con mucha delicadeza como si supieras que el
mundo entero te miraba, una vez que terminabas me marchaba, yo era un caballero incapaz de verte desnuda,
porque soñaba cada noche con tu cuerpo despojado de prendas en nuestra luna de
miel, muy lejos, en Barbados de donde precisamente viene la vitrina donde
coloque tus piernas con las medias de red puestas, junto a la chimenea de sauce
y tu fotografía, junto al buró de roble donde esta la pecera con tu ojo, sobre
la alfombra persa bajo el yugo de Henry
y más vistosas que el jarrón australiano y sus líneas delgadas rojas y
azules. Mi bella dama ya no sonríes como lo hacías en tus paseos por el parque
paseando a tu cachorro con una sobredosis de ternura, si tan sólo me hubieras
dado a mi el amor que le dabas a ese desgraciado perro no lo hubiera asesinado
sin que te hubieras dado cuenta, ahorcándolo como deseaba ahorcarte a ti el día
que te vi junto al hombre que estúpidamente me presentaste como “tu novio”,
aquel desdichado que no merecía tocarte ni envolverte en sus brazos, él toco tu
sexo que yo como un cobarde no me atreví a tocar durante los veintiún días que
te tuve en cautiverio, eras demasiado virginal para mi como para ensuciarte con
penetraciones, mi dulce bebé, te aniquile como se aniquila una rata que entra a
un cobertizo.
Por tu insolencia, tú misma fuiste tu
verdugo, sí tan sólo aquella noche buena hubieras aceptado mi pequeña, nada
hubiera pasado, pero deseo que sepas que no estoy arrepentido, no mi hermosa,
deje tus restos sobre la mesa del comedor durante tres días para no olvidarte y
poder disfrutar mirándote con ese ojo lloroso que me observaba con horror, nada
hubiera pasado si no me hubieras rechazado, no hubieras pasado hambre ni frío,
y toda la casa te hubiera aceptado como mi bella esposa, ahora seria tu hogar y
no tu tumba. No me hubieras dicho que no podías cenar conmigo, muñeca, desearía
que de tu boca no hubieran salido esas palabras, que dejará de acosarte por que
te habías comprometido y muy lustrosa me presumías como una zorra el anillo de
diamantes en tu maldito dedo que termine tirando junto a un cartón de leche y
dos bolsas de pan. Yo no te habría secuestrado ni sodomizado en la sala de mi
hogar dejándote desangrar sobre la
alfombra persa, junto al jarrón australiano, tu ojo no se hubiera podrido en la
pecera sobre el buró de roble, tus senos no habrían tapado mi baño, y no
hubiera asesinado al plomero que los encontró gritando horrorizado, tu cuerpo
no hubiera estado corrompiéndose sobre la mesa de pino blanco y Henry no
hubiera presenciado semejante asesinato.
Pero hoy mujer, agradezco que te hayas
ido, gracias a eso conocí a una magnifica dama que me dio todo su amor y que se
convirtió en mi única esposa, la pecera ya no tiene tu ojo sino dos bellos
peces dorados propiedad de mi hija menor quien lleva tu nombre en honor a
nuestros momentos, la mesa del comedor ya no tiene tu sangre en lugar de eso se
llena cada noche buena con comida de todo tipo, celebrando la navidad con mis
hijos y mi familia que disfrutan alegremente de cada fiesta, la alfombra persa
jamás pudo limpiarse y la done a una institución de mujeres maltratadas como
disculpa por los horrores que te hice pasar, el jarrón lo rompió la sirvienta
mientras sacudía el polvo, me miro con temor pensando que habría represarías,
pero en lugar de eso me alegre y ella se fue sin ninguna culpa, dentro estaba
tu fotografía que había enrollado y atado con un mechón de tu pelo, gracias a
eso recordé tu historia junto a la chimenea de sauce que tanto calor me brinda
y en lugar de tus piernas quemadas tiene leña que emana un dulce aroma al
arder, tome una copa y brinde con Henry por haber librado al mundo de una golfa
como tu, salud por eso querida, ahora me voy, es hora de desvestir a mi esposa
para que tan solo quede con tus finas medias de red, le haré el amor como cada
noche sin ningún remordimiento por
haberte asesinado en la sala de mi casa.
