Sólo la obscuridad, sólo el aroma a rosas, sólo el fuego que se iba encendiendo, sólo no había nada y lo había todo. Estaba ella de pie en el espejo observando su sonrisa sin forma, el vestido rojo le ceñía el cuerpo de manera peligrosa, sonreía al tocarse, sonreía al sentir la humedad en sus piernas. Las drogas del sexo la estaban envolviendo, estaba cerca de la muerte, los sonidos comenzaron a atraparla, cada nota musical le ofrecía una caricia, convirtiéndola al fin, en la amante perfecta.
Basto un giro para no estar sola, ahora había velas que adornaban su oscuridad, ardiendo como ardía ella, una cama repleta de pétalos de rosa le hacía señas “recuéstate aquí, desnúdate en mi”, tenía cortinas que cubrían su interior, tan negras como las sabanas, tan suaves. Los murciélagos del techo se quedaban quietos, le recordaban el móvil de un bebé, eso era, estaba bajo un móvil de terror con un sonido sexual que la hacía explotar. También estaba su hombre, aquel que no tenía rostro, el alma se le había salido del cuerpo; la abrazo por la cintura y enseguida los dos quedaron contagiados muy graves, de lujuria.
La habitación horror era el lugar perfecto, tenía el tono exacto de un erotismo sangriento, comenzaron a danzar en medio del olor a violeta, su vestido ahora estaba roto y las manos de él le acariciaban los pezones sin detenerse, aquel era el baile de la muerte. Él la arrojo a la cama y ella se recostó dejándose llevar por la sensualidad del ambiente, levantando las piernas como una gran diva. La deseaba, pero deseaba más observarla desnuda acariciándose, las manos de la joven se convirtieron en arañas que buscaban hambrientas una zona erógena, toda ella lo era. Y las arañas le acariciaron los pechos y el abdomen, se hundieron bajo su vientre, entre sus piernas y presionaron el botón del orgasmo.
Ella gimió a la vez que se hacia el amor, retorciéndose como una serpiente, eso era, ya no más arañas, ahora era una serpiente deseosa de ser acariciada, él perdido por la visión acariciaba su pene mientras su amante seguía vuelta serpiente retorciéndose, gozando con sus dedos, no le importaba que aquella ya no se viera como una mujer, era igual de excitante. Cuando llego al tercer orgasmo se puso de pie, de nuevo tenía piernas y manos que sujetaron el pene palpitante y se lo llevaron a la boca, lo saboreo como si fuera una paleta de heroína, paso su lengua desde la base, lamiendo sus testículos e igual, de pronto le daba el placer de guardarlos en sus labios, él sintió el semen recorrer su camino, ella logro exorcizarlo, lo purifico depositándolo en su lengua para luego tragarlo como se tragaría una hostia. Estaba limpio, y le ofrecía las llaves del infierno.
Comenzaron a bailar, tres dedos masculinos se hundían en ella, los fluidos le corrían como la sangre en las venas dejando un rastro fácil de seguir, una amigable casería donde ambos eran presas que se perforaban para ser cazadores. Él volvía a estar erecto y la joven lo recibió en su cálida caverna. Acaricio sus testículos mientras la fornicaba desde atrás, no se había dado cuenta lo mucho que le gustaba. El tiempo se detuvo y corrió a la máxima velocidad, estaban en otra dimensión, sus cuerpos se movían de forma incoherente, un pene entraba, estaba sentado, recostado y de pie, le hacia el amor de todas las formas posibles en la misma penetración.
Los pétalos de rosa no eran ternura, era fuego, eran sangre sobre las sabanas negras, sangre que se les había escapado y no lo notaban, ellos rodaban como gatos, gimiendo como panteras, eyaculo cien mil veces, y todas ellas fueron bienvenidas, su cuerpo estaba lleno de semen y ella se lo quitaba a lamidas como una gatita que limpia su pelaje, su corazón latía de prisa; él decidió tomarla por última vez. Le cubrió los pezones con pétalos de rosa y estos se fundieron con su cuerpo, ella rasguñaba las sabanas, desesperada por tanto gozo, gritaba y se sacudía disfrutando del pene de su amante que era tan tibio. Los dedos de él estaban cortados de tanto tocarla y sangraban bañándola, dibujando sobre ella un nuevo y liquido vestido rojo. Ella le lamio los dedos, los lamio todos al mismo tiempo, y uno por uno se aferró a él gritándole que se iba, su último orgasmo llegaba, y en un grito, su alucinación termino.
Estaba sobre su cama, no había pétalos, sólo estaba ahí tirada escuchando música con las venas llenas de heroína, no se había movido ni un milímetro y había conseguido el mejor orgasmo de su vida, la pasión la llamaba para penetrarla de nuevo, apenas pudo moverse, se arrastraba desesperada por ser eyaculada una vez más, no tenía la precisión para usar su liga, se enterró la aguja en el cuello dejando pasar todo el veneno, no tardó mucho en transformar la habitación, se llenaba de velas, la cama volvía, sonrió cuando su amante le toco los pechos y le recargo el pene en su espalda , sonrió de nuevo cuando llego el desprendimiento de su cuerpo y su alma, nunca más se pasaría el efecto de sus drogas, se había quedado ahí, muerta en la cama con los audífonos puestos y una jeringa enterrada en el cuello, estaba condenada a coger sin cansancio eternamente en su oscura habitación llena de velas y rosas, rodando en una cama con un pene que le divertía muchísimo, era la muerte su castigo perfecto.
